Puerta de madera antigua: entre piedra y hiedra
Una puerta de madera ocupa el centro de esta fachada de piedra envejecida por los años. Alrededor, ramas de hiedra trepan desde el suelo hasta alcanzar el tejado. Filtrándose entre las hojas, la luz natural llega de lado sobre la superficie de la madera. Sombras irregulares se dibujan sobre los tablones oscuros, cambiando con cada ráfaga de aire.
Junto al marco cuelga un farol de hierro forjado, apagado a pesar de la claridad del día. Bajo la ventana, un buzón de madera guarda todavía restos de correo antiguo. Apoyado contra la piedra, un jarrón de barro conserva agua de lluvias pasadas. Tonos ocres y verdes dominan la escena, contrastando con el marrón oscuro de la madera trabajada. Esta combinación de materiales refleja una arquitectura rural típica de la región mediterránea.
Una ventana enrejada protegida por una cortina de encaje ocupa la parte superior del vano. El cristal apenas deja pasar la luz, filtrada también por las ramas enredadas en el hierro. Bajo el umbral, un peldaño de ladrillo gastado sugiere años de paso constante. Ningún rastro reciente confirma una visita actual a este lugar. La puerta de madera permanece cerrada, rodeada por completo de vegetación verde.
¿Cuánto tiempo lleva cerrada esta entrada cubierta de hiedra y piedra?
Así sucedió
El miércoles que nadie abrió
El cartero llega al final de la calle empedrada cuando el sol pasa ya el mediodía. La cartera de cuero gastada cuelga al hombro, con un sobre del juzgado de Gerona dentro. La casa de piedra asoma tras una cortina espesa de hiedra que sube desde el suelo hasta el tejado. La puerta de madera oscura permanece cerrada, como cada miércoles desde hace tres meses. El verano de 1922 ha secado las juntas de cal entre las piedras del muro. Sube los dos escalones de ladrillo gastado y se detiene frente al umbral.
El farol de hierro, colgado junto al marco, está apagado a pesar de la hora. Una cortina de encaje blanco cubre la mitad superior del cristal y deja pasar apenas la luz. La mirada busca la aldaba, pero las ramas de la enredadera la han envuelto del todo. Los nudillos golpean entonces sobre la madera, dos veces, sin fuerza. El sonido se pierde entre las hojas que tiemblan con el aire. Pasan unos segundos de espera, contados en voz baja, como marca la rutina de este reparto.
El buzón de madera, clavado bajo la ventana, guarda todavía la factura del mes anterior. El sobre nuevo entra junto a ella y la tapa se cierra con cuidado. El jarrón de barro, apoyado contra el muro, conserva el agua de la última lluvia, limpia y quieta. La puntilla del visillo muestra un zurcido reciente, de hilo blanco distinto del resto. Alguna mano lo cosió hace pocos días, con puntadas cortas y parejas, dejando un rastro que nadie más puede explicar.
Desde la casa vecina sube un hilo de humo gris, fino y recto contra el cielo sin nubes. Allí cantan dos voces de niño y una sartén golpea contra el fogón. Aquí, en cambio, el silencio cubre cada piedra del umbral. El contraste entre los dos muros, separados apenas por un metro de calle, queda marcado. Una pared respira; la otra permanece quieta. Una segunda llamada llega con la palma abierta, tres golpes secos contra la madera vieja.
Un crujido breve responde desde el interior, como una silla que se desplaza sobre baldosas. La cabeza se inclina hacia la puerta, atenta de nuevo. No llega ningún paso, ninguna voz, ningún cerrojo que gire. Solo el viento mueve una rama de hiedra contra el cristal del ventanuco enrejado. La sombra de las hojas se desliza despacio sobre los tablones oscuros, dibujando formas que cambian con cada ráfaga. El sol calienta el ladrillo del peldaño bajo las botas que aguardan.
El jarrón sigue en su sitio, igual que la semana pasada. La pintura de la puerta, antes verde, ahora se levanta en placas finas que dejan ver la madera desnuda. Un dedo roza el borde de una de esas placas y siente la textura áspera bajo la yema. El zurcido del visillo queda otra vez a la vista, y después el sobre asomando entre las ranuras del buzón. Esa combinación de detalles retiene unos instantes más de los habituales, sin que haya una razón clara para ello.
Una segunda nota, breve, anuncia que el reparto volverá el jueves por la mañana. Se dobla por la mitad y se coloca encima del sobre oficial, dentro del buzón de madera. El gesto cuesta apenas un instante, pero se repite con la misma atención que merecería una carta importante. Los dos escalones de ladrillo quedan atrás, ya en la calle empedrada. Una última mirada se vuelve hacia la puerta cerrada y el farol sin luz.
La hiedra sigue creciendo sobre la aldaba, sobre el marco, sobre parte del cristal enrejado. El zurcido blanco del visillo destaca contra la tela amarillenta por el tiempo. El humo de la casa vecina ya se ha disuelto en el aire caliente de la tarde. La correa de la cartera se ajusta sobre el hombro antes de continuar por la calle siguiente. Antes de doblar la esquina, queda una última imagen de la fachada de piedra cubierta de verde.
¿Encontrará el jueves la misma puerta cerrada y el mismo silencio detrás de ella?
¿Qué historia crees que esconde esta puerta de madera entre tanta hiedra?
Autor: Wifredo Llimona
Id: F00132

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