🏠 Novedades Arte IA Fotografías Vídeos

Sofá victoriano en el fondo del mar: el peso del abandono

Sofá victoriano tapizado en azul grisáceo con patas doradas, hundido en el fondo marino entre escombros y rayos de luz tenues.

Este sofá victoriano tapizado es Arte IA: una pieza generada para explorar qué ocurre cuando un objeto doméstico llega al lugar equivocado. El sofá descansa en el fondo del mar. Nadie lo colocó allí por azar.

Tuvo un principio. Había una sala de estar. Había la ilusión de ser el centro, el mueble que da forma a una habitación. Los cojines sin marca, las patas doradas sin un rasguño. Eso dura poco. El uso llega, luego la indiferencia, después la decisión de prescindir. Un sofá no se va solo.

El fondo marino no es un destino. Es el resultado. El suelo cubierto de sedimento y escombros no preguntó si quería recibir este mueble. Los rayos de luz bajan desde la superficie, azul grisáceo contra el negro del agua profunda. El sofá tapizado sigue ahí, con las patas doradas intactas. Eso es lo que más llama la atención: lo que resiste cuando ya no importa.

¿Qué tipo de abandono convierte un objeto hecho para el confort en algo fuera de lugar para siempre? Quizás no hay una sola respuesta.



Lo que las palabras sí pueden contar

El sofá que llegó al fondo

Me llamo Sofá. Bueno, nadie me puso ese nombre. Pero es lo que soy, o lo que fui. Un sofá victoriano, tapizado en azul grisáceo, con las patas doradas que tanto gustaron a la señora del tercero cuando me vio en el escaparate. Ella dijo: "Es perfecto." Yo no dije nada, claro. Pero por dentro, algo se tensó de una forma muy agradable. Como cuando un resorte nuevo encuentra su posición exacta.

El día que me sacaron del plástico fue un martes. Lo recuerdo porque había un programa de cocina en la televisión y nadie lo estaba viendo. Todos miraban hacia mí. La señora, su marido, los dos hijos y el gato, que me olisqueó durante cuarenta minutos seguidos con una dedicación que, francamente, encontré excesiva. Me colocaron frente a la ventana. Luz natural por las mañanas. Vista al patio. Yo pensé: esto es vida.

Y lo fue. Durante un tiempo.

Los primeros meses fueron buenos. La señora leía sobre mí los domingos. El marido veía el fútbol. Los niños saltaban, lo cual no era exactamente lo que yo habría preferido, pero uno aprende a aceptar ciertas cosas. El gato dormía en mi esquina izquierda con una constancia que casi llegué a agradecer. Éramos, si se me permite decirlo, una familia.

Luego llegó la reforma.

Pintaron las paredes de un gris que, según la señora, era "el color del momento". Yo no soy del momento. Soy victoriano. Hay una diferencia. De repente mis patas doradas eran "demasiado". Mi tapizado azul grisáceo era "antiguo". El marido dijo que me veía "muy recargado" para el nuevo salón. Yo quise responder que él también se veía bastante recargado con esa barriga nueva, pero guardé silencio. Los sofás tenemos clase.

Me movieron al cuarto de las visitas. Las visitas no venían nunca. Allí estuve tres años. Tres años mirando una caja de cartón llena de cosas que "ya se colocarán". Nunca se colocaron. Yo tampoco.

Un día apareció un hombre con una furgoneta. No me preguntaron. Nadie pregunta a los sofás. Me bajaron por las escaleras con más golpes de los necesarios, lo que dañó mi dignidad y también mi pata trasera derecha, que desde entonces queda ligeramente ladeada. Una cicatriz, digamos. Un recuerdo.

Lo que vino después no lo entendí del todo. Hubo movimiento, luego oscuridad, luego un frío que no se parece a ningún otro frío. El agua no es como el aire. El agua pesa. Entra por todas partes. Mis cojines, que habían aguantado años de saltos infantiles y noches de película, no estaban preparados para esto. Nadie lo está.

Ahora estoy aquí.

El fondo del mar no es un lugar cómodo. Puedo decirlo con autoridad, porque soy un experto en comodidad. O lo fui. El sedimento se acumula en mis esquinas. Los escombros que me rodean no tienen ningún estilo. Hay algo que podría ser un cristal roto a dos metros. No hemos hablado. Los cristales rotos tampoco hablan, pero hay entre nosotros una comprensión tácita. Los dos llegamos aquí sin quererlo.

Desde arriba baja luz. Una columna fina, azulada, que a ciertas horas del día llega hasta mis cojines y los hace brillar un poco. En esos momentos pienso que no está tan mal. Que hay peores sitios. Luego pasan unas burbujas y la luz se rompe y vuelvo a ser lo que soy: un sofá victoriano en el fondo del mar, con las patas doradas intactas y nadie encima.

Eso es lo que nadie entiende de los objetos. Que resistimos. Que las patas doradas siguen siendo doradas aunque no haya nadie para verlas. Que el tapizado guarda la forma de cada cuerpo que alguna vez se sentó aquí, aunque el agua lleve años intentando borrarlo. La señora. El marido. Los niños. El gato, en su esquina de siempre.

No guardo rencor. Los sofás no guardamos rencor. Guardamos formas, olores, el peso exacto de cada persona que descansó sobre nosotros. Eso no desaparece. Ni con el agua, ni con el tiempo, ni con un gris que sea "el color del momento".

Lo que sí me pregunto, algunas veces, cuando la luz baja y las burbujas suben y el silencio del fondo es tan completo que casi duele, es esto: ¿cuántos sofás hay ahí fuera esperando que alguien se siente? ¿Cuántos objetos perfectamente útiles llevan años en un cuarto de visitas mirando una caja que nunca se colocará?

Yo llegué al fondo. Otros no han llegado todavía. Pero el camino, me temo, es el mismo para todos. Primero eres imprescindible. Luego eres invisible. Luego eres un estorbo. Y después, si tienes mala suerte o buena, según se mire, acabas en un sitio como este, con las patas doradas mirando hacia arriba y una columna de luz que a veces, solo a veces, te recuerda que exististe.



🪑 Coda crítica 🌊

El lugar inapropiado no es el problema: es la coartada

Un objeto en el fondo del mar desplaza la pregunta. Ya no es quién lo tiró ni por qué. La inapropiedad del lugar absorbe toda la atención y la mano que abrió esa puerta desaparece del relato. El sitio equivocado funciona como destino, no como consecuencia.




¿Qué parte te ha sorprendido más?
Escríbelo en los comentarios.


Autor: Wifredo Llimona
Id: C00359
Imagen generada con IA

Comentarios

Contenido que podría interesarte