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Mediana de carretera vacía: geometría urbana sin tráfico

Mediana de carretera con árboles podados esféricos sobre césped verde, asfalto gris y sombras diagonales al amanecer.

La mediana de carretera divide la imagen en dos mitades simétricas.
Fotografía artística tomada desde altura, con luz solar rasante. Las sombras caen largas y precisas sobre el asfalto gris.

Tres árboles podados en forma esférica ocupan la franja central de césped. Sus copas son idénticas entre sí. El verde saturado contrasta con el gris granulado de los carriles. Ningún vehículo interrumpe las líneas blancas de señalización.

La composición diagonal refuerza la sensación de orden. Cada elemento ocupa su lugar sin margen de error. Las marcas viales se repiten a intervalos regulares. La geometría de la escena no parece casual: es el resultado de un diseño deliberado.

¿Es posible que una carretera vacía contenga más información visual que una llena de tráfico? A esa hora, sin coches, la infraestructura urbana muestra su estructura sin interferencias. Queda solo el trazado, los árboles y la luz.



Lo que ninguna cámara puede capturar

La mediana

Soy la franja que separa. La línea verde entre dos corrientes grises. Me llaman mediana, y el nombre me gusta. Tiene algo de término medio, de punto exacto donde dos fuerzas se anulan y queda solo calma.

A mi izquierda, el asfalto oscuro. A mi derecha, el mismo asfalto. Yo, en el centro, con mis tres árboles y mi hierba corta y mis bordillos de piedra clara. No soy grande. Soy lo justo.

Los árboles son esféricos. Alguien los podó así, con una voluntad precisa, casi obstinada. Tienen copas perfectas, como si la naturaleza hubiera firmado un contrato con la geometría. No les molesta. Echan sombra igual. Y esa sombra cae sobre el asfalto en franjas largas, oblicuas, que la luz de la mañana alarga todavía más.

Hay horas en que no pasa nada. Ningún vehículo. Solo el aire, que mueve las hojas lo justo para recordar que sigo viva.

Eso es lo que más me cuesta explicar: que el quieto no es ausencia. Que cuando no hay movimiento a mis lados, no estoy sola ni vacía. Estoy entera. El césped verde tan verde que parece recién inventado. Los bordillos alineados con esa seriedad discreta de las cosas bien hechas. Y los árboles, que no hacen nada salvo existir con una elegancia sin esfuerzo.

Hay quien mira una imagen así y solo ve infraestructura. Líneas blancas. Asfalto. Algún árbol puesto ahí para cumplir una norma. Lo entiendo. Desde arriba, desde el ángulo en que alguien me fotografió, parezco solo un trazo verde entre dos cintas grises. Un detalle del plano.

Pero yo sé lo que soy.

Soy el lugar donde el orden y lo vivo llegan a un acuerdo. El asfalto tiene su lógica: ir, venir, unir puntos. Yo tengo la mía: estar. Que es distinto. Estar no requiere destino. No exige salida ni llegada. Estar es simplemente ocupar el espacio con una presencia que no pide nada a cambio.

Una vez, muy temprano, se posó un pájaro en el árbol del centro. Lo vi desde abajo, o lo sentí, que viene a ser lo mismo para mí. Se quedó un rato. No cantó. Solo estuvo ahí, con esa calma que tienen los pájaros cuando no están huyendo de nadie. Luego se fue. Ni siquiera sé hacia dónde. Eso también me gusta: que algunas cosas pasen sin dejar rastro.

El asfalto guarda marcas. Las líneas blancas se borran y las repintan. Las grietas aparecen y las tapan. El asfalto tiene memoria, aunque intente borrarla cada cierto tiempo. Yo no. La hierba crece y se corta y vuelve a crecer. Los árboles se podan y rebrotan. No acumulo. Me renuevo. Hay algo liberador en eso.

No sé quién diseñó esta carretera. Ni quién decidió que aquí, en este tramo, habría una mediana con árboles y hierba y bordillos de piedra. Alguien tomó esa decisión, hace años, con un lápiz sobre un plano o con el dedo sobre una pantalla. Y aquí estoy yo, que soy el resultado de ese gesto.

Me pregunto si pensó en el sosiego. Si calculó que esta franja verde haría más leve el trayecto para quien conduce. Si supo que la sombra de los árboles caería así, en ese ángulo exacto, a esa hora del día. Probablemente no. Esas cosas no se calculan. Suceden. Y cuando suceden, son un regalo sin remitente.

Las sombras son lo que más cambia en mí. Por la mañana, largas y finas, se estiran hacia el oeste con cierta urgencia. Al mediodía se encogen, se ponen serias, se quedan debajo de las copas como si quisieran pasar inadvertidas. Por la tarde regresan, más anchas y cansadas, con otro color. No hay dos horas en que yo sea exactamente igual.

Eso tampoco lo capta bien una foto. El movimiento de la sombra es lento, pero constante. Es el reloj más honesto que conozco.

A veces pienso en los que pasan. No los veo, no tengo ojos. Pero los percibo. El aire que desplazan. La presión breve sobre el asfalto. Algunos van deprisa. Otros, menos. Hay quien pasa dos veces al día, siempre a la misma hora, con esa regularidad de quien ha convertido el trayecto en costumbre. Y hay quien pasa una sola vez y no vuelve.

Yo los sostengo a todos por igual. No distingo. No recuerdo. Solo estoy aquí, verde y quieta, mientras ellos van y vienen con sus asuntos.

Creo que eso es lo que significa el sosiego urbano. No la ausencia de la ciudad. No el silencio absoluto ni el campo abierto. Sino esto: un trozo de orden verde en medio del gris. Un lugar que no exige nada. Que no te pide que pares, ni que sigas, ni que decidas. Que solo está ahí, firme y sin prisa, recordándote que es posible ocupar el espacio sin urgencia.

Los árboles lo saben desde siempre. Tienen esa sabiduría que no se aprende, que viene de llevar raíces. Yo la aprendí de ellos. O quizás siempre la tuve y no lo sabía.

La hierba crece hacia arriba. Los árboles también. El asfalto no crece, pero aguanta. Y yo, en medio, sostengo el equilibrio entre lo que crece y lo que resiste.

No sé si eso es filosofía o si es simplemente lo que ocurre cuando pones verde entre dos grises. Pero ocurre. Y a mí me basta.

Alguien me fotografió desde arriba. Capturó los colores, las líneas, la geometría de las copas, el contraste. Hizo bien su trabajo. Pero hay cosas que la imagen no tiene: el olor a hierba recién cortada en julio, el sonido del viento entre las hojas, la temperatura distinta que hay bajo los árboles frente al asfalto expuesto. La lentitud con que cambia la luz.

Esas cosas soy yo también. Las que no salen en la foto.

Y esas, quizás, son las más mías.


🌿 Coda reflexiva 🪞

Lo que no necesita destino

Quizás el sosiego no se encuentra. Quizás se construye así: un trozo de hierba entre dos carriles, tres árboles que nadie mira pero que están. Sin propósito declarado. Sin ningún sitio al que llegar.



¿Sigues pensando en alguna escena?
Dinos cuál y por qué.


Autor: Wifredo Llimona
Id: F00565

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